Nanni Moretti es el invitado más importante de esta 19° edición del Bafici, y probablemente uno de los más relevantes de la historia del festival de cine porteño. Figura central del cine italiano de las últimas cuatro décadas, autor de obras ...

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Cinematófilos"Cinematófilos" - 5 new articles

  1. Charla de Nanni Moretti en el Bafici
  2. Sexo, ruindades y video: tres grandes sitcoms no convencionales
  3. Sin novedad en el frente
  4. Dos agentes entre las sombras
  5. Cómo filmar Buenos Aires: dos policiales porteños
  6. More Recent Articles

Charla de Nanni Moretti en el Bafici

 

Nanni Moretti es el invitado más importante de esta 19° edición del Bafici, y probablemente uno de los más relevantes de la historia del festival de cine porteño. Figura central del cine italiano de las últimas cuatro décadas, autor de obras maestras como Palombella rossa, Moretti ofreció dos charlas en este Bafici. La primera fue el jueves a la noche, en el Village Recoleta, y se puede ver acá. La segunda ocurrió el viernes a la tarde en el Auditorio El Aleph, del Centro Cultural Recoleta, con la excusa de la presentación del libro Ecce Nanni: El testigo crítico. Acompañado por el director del festival, Javier Porta Fouz, y el crítico y realizador Sergio Wolf, Moretti se refirió entre otras cosas a sus documentales La cosa y The Last Customer, contó divertidas anécdotas de la filmación de Palombella rossa y, por supuesto, habló de política. En el video que abre este post se puede escuchar el audio completo de la charla. ■

     

Sexo, ruindades y video: tres grandes sitcoms no convencionales

Si alguien viera hoy un episodio de I Love Lucy (1951-57) e inmediatamente después uno de The Big Bang Theory (2007-) no encontraría, superficialmente, demasiadas diferencias. Las cinco décadas que separan el final de una serie del inicio de la otra -cada una, en su momento, la más exitosa de la televisión estadounidense- no parecen haber marcado una evolución demasiado evidente en el formato. Es claro que la historia de Sheldon y los otros nerds trata algunos de los temas (el sexo, por ejemplo) de un modo más directo que la de Lucy y Ricky Ricardo, pero la esencia, en gran medida, sigue siendo la misma: historias que se plantean, desarrollan y clausuran en veintipico de minutos, inevitablemente con un final feliz o, al menos, uno que deja a todos relativamente satisfechos; filmación en interiores (siempre habrá un sofá plantado frente a las cámaras) que no se preocupa demasiado por disimular su falta de verosímil ni por romper la rutina del plano-contraplano; y risas grabadas que subrayan no sólo los momentos cómicos, sino además la intensidad de esa comicidad.

Es que la evolución de la sitcom, sobre todo en Estados Unidos, en general tendió a ser más temática que formal. Cada nueva historia integraba algún personaje o asunto más acorde con su presente, aunque la forma siguiera siendo más o menos la misma. Así, se suele considerar que The Honeymooners (1955-56) fue la primera en representar de modo no idílico a un matrimonio de clase trabajadora, The Mary Tyler Moore Show (1970-77) ofreció el retrato de una mujer soltera e independiente, All in the Family (1971-79) se metió con temas de candente actualidad política y social, y el rotundo éxito de The Cosby Show (1984-92) permitió el surgimiento de otras series con elencos mayoritariamente negros. Las novedades formales tardaron algo más en llegar, y en general lo hicieron desde los márgenes (en Estados Unidos, la TV por cable). Quizá el caso más notable sea el de It's Garry Shandling's Show (1986-90), que con su constante autoconciencia inauguró un camino que hoy parece algo congestionado.

Las sitcoms son una de las formas más refinadas de la comedia. Y también uno de los géneros televisivos por excelencia. En sus orígenes pueden rastrearse influencias teatrales y radiales, pero el género es impensable fuera de la pantalla chica. A tal punto es así que verlas de otro modo (una maratón en video o en streaming) limita la experiencia, porque la repetición desnuda sus limitaciones. Un atracón de episodios deja al descubierto sus mecanismos, y el efecto cómico se debilita. Después de ver, por caso, una extensa seguidilla de Seinfeld (1989-98), uno advierte que casi todas las escenas que involucran a Kramer cierran con un gag físico, y la sorpresa se licua. Por eso la mejor forma de disfrutarlas es del modo en que se emiten por TV: un episodio por semana.

Esta breve introducción de tono enciclopédico viene a cuento de que, a la par de los cambios en la forma de consumir televisión, en las últimas décadas las sitcoms han evolucionado como nunca antes. Acaso el ejemplo más acabado sea Louie (2010-15), la extraordinaria serie de Louis C.K. Pero no es el único. A continuación van otras tres series, quizá no tan conocidas en Argentina, que de algún modo intentaron trascender el corsé de las convenciones. Las tres, además, son muy buenas, lo que ya es excusa suficiente para dedicarle estas líneas.

Coupling (BBC Two, 2000-2004)

Coupling

Buena parte de la crítica se apuró en calificar a esta sitcom como la Friends (1994-2004) británica, pero en realidad sería más preciso definir a How I Met Your Mother (2005-14) como la Coupling estadounidense. Porque si bien acá también hay seis amigos solteros (tres hombres y tres mujeres) de alrededor de 30 años que intentan conseguir pareja, lo que distingue a la serie es el uso de algunos recursos no del todo frecuentes en el formato. Es notable sobre todo la manipulación del punto de vista, que alcanza su punto más alto en el extraordinario "Nine and a Half Minutes", primer episodio de la cuarta y última temporada: la misma situación se narra tres veces desde diferentes personajes, y en cada una adquiere un sentido distinto (lo que hace que algunas situaciones sean graciosas por triplicado). "Split", el primer capítulo de la tercera temporada, cuenta la separación de una pareja completamente en split screen: una parte de la pantalla sigue a ellas y la otra a ellos durante una noche. A esta variedad de recursos formales se suma un uso extraordinario de la palabra y sus distintas acepciones, y un tono bastante más zarpado que en similares series estadounidenses. La cuarta temporada es la más floja, en gran medida porque se bajó el actor que interpretaba a Jeff (un personaje tan traumado y sexualmente frustrado que hace que cualquiera de los nerds de The Big Bang Theory parezca el encargado de relaciones públicas de un boliche) y porque la serie comenzó a apelar demasiado a la alegoría. Pero el conjunto es notable. Acá se la pudo ver hace unos años por I-Sat.


It's Always Sunny in Philadelphia (FX, 2005-)

It’s Always Sunny in Philadelphia

Descubrí demasiado tarde esta sitcom, que acaba de concluir su decimosegunda temporada y promete al menos dos más. Por ahora sólo pude ver una veintena de episodios (hasta mediados de la tercera temporada, más o menos) y es genial. Si hubiera que referenciarla con otras series -un ejercicio tentador aunque no siempre útil- diría que se ubica en algún sitio impreciso entre una versión salvaje de Seinfeld y el existencialismo de Louie. Charly, Mac y los mellizos Dennis y Dee, dueños de un poco prestigioso pub irlandés en la ciudad del título, son capaces de las peores ruindades, y cuando en la segunda temporada aparece Frank (Danny DeVito), padre de los hermanos, las cosas no hacen más que empeorar. Filmada con una sola cámara, con muchos exteriores y sin risas grabadas, It's Always Sunny in Philadelphia también se diferencia de las sitcoms clásicas en la ausencia de finales felices y en que jamás pretende generar empatía con los personajes. Apenas un ejemplo: en "Dennis and Dee Go on Welfare", tercer episodio de la segunda temporada, los mellizos se hacen adictos al crack para poder cobrar un seguro social. Se trata de un tipo de humor -zarpado, impredecible, en ocasiones político y con frecuencia incómodo- que la televisión estadounidense sólo se permite en el cable.


Episodes (Showtime/BBC Two, 2011-2017)

Episodes

Inscripto tangencialmente en la tradición de It's Garry Shandling's Show, Seinfeld y Curb Your Enthusiasm (1999-2011), entre otras series, aquí Matt LeBlanc hace de sí mismo. O, para ser precisos, de una versión ficcionalizada de sí mismo, que viene a ser algo así como un Joey Tribbiani salvaje, desvergonzado y arrogante. La historia comienza cuando una pareja de guionistas británicos se muda a Los Ángeles para adaptar "Lyman's Boys", una premiada sitcom que habían estrenado en Londres. Apenas instalados advierten que la feroz industria televisiva de este lado del Atlántico va a devorarlos, a ellos y a sus ideas. Y el primer problema se presenta cuando los productores les imponen a LeBlanc, que vuelve a la pantalla luego del fiasco de Joey (2004-06), como el protagonista de la serie. A partir de ahí se suceden todo tipo de conflictos, lo que le permite a Episodes reírse de la propia televisión. Sin risas grabadas, con puteadas y algún desnudo, la serie se aparta de la tradición clásica. Pero acaso el mayor mérito de esta nueva creación de David Crane (uno de los cerebros detrás de Friends) y su pareja Jeffrey Klarik sea ratificar que no hay chistes viejos o nuevos, sino buenos o malos. En Episodes hay humor en torno al tamaño del pene de LeBlanc, acerca de una mujer ciega o sobre cuestiones escatológicas, y siempre funciona porque tiene el tono y el timing adecuados. Y como plus se puede disfrutar de la presencia de Kathleen Rose Perkins, una comediante extraordinaria que el cine y la TV aún no terminaron de aprovechar. La quinta y última temporada de Episodes se presentará a fin de mes en el Festival de Tribeca, pero aún no hay fecha confirmada para su estreno televisivo. ■

     

Sin novedad en el frente

Felicity Jones en 'Rogue One'

El estreno de Rogue One, spin off o desprendimiento de la saga de La guerra de las galaxias, parece confirmar que el universo ficcional creado por George Lucas hace 40 años no tiene nada nuevo para ofrecer. Ya se había visto en El despertar de la fuerza: en lugar de expandir o enriquecer ese mundo fantástico, la nueva trilogía se conforma con canibalizarlo. Se trata más de un ejercicio de nostalgia que de una estrategia narrativa, y el resultado no deja de ser triste: la maravillosa telenovela espacial ha perdido su encanto para transformarse, acaso definitivamente, en apenas un objeto de consumo.

Sobre todo esto escribí en Hacerce la crítica. Lo pueden leer acá. ■

     

Dos agentes entre las sombras

 

Esta tarde vi por primera vez T-Men (1947), de Anthony Mann, que en Argentina se estrenó como Mala moneda. La película es famosa, entre otras cosas, por el extraordinario trabajo -por momentos casi experimental- del gran director de fotografía John Alton, como se puede apreciar en el video que abre este post. Pero también es un notable ejemplo de por qué en el cine negro -como planteó Paul Schrader en su célebre ensayo- importan más el estilo y los detalles que la historia, a punto de que con frecuencia la contradicen. Acá la historia es la de dos agente del Tesoro de Estados Unidos que se infiltran con el objetivo de desbaratar una banda de estafadores. Hay una voz en off casi institucional que recorre todo el relato y destaca el profesionalismo y la entrega de los agentes para combatir el delito. Y al final, claro, ganan los buenos, porque el que las hace las paga. Pero en el medio vemos cómo uno de los agentes finge no reconocer a su esposa para evitar que lo descubran, y cómo, poco más tarde, su compañero casi no se inmuta cuando lo asesinan a sangre fría. Lo que demuestra que Mann estaba más interesado en la deshumanización absoluta de los agentes que deben trabajar encubiertos que en su supuesto heroísmo. ■

     

Cómo filmar Buenos Aires: dos policiales porteños

Demián Bichir y el Chino Darín en 'Muerte en Buenos Aires'

Muerte en Buenos Aires (2014) es una película extraña. Descoloca ya desde los primeros minutos, porque uno no sabe bien de dónde agarrarse. No puede ser tomada del todo en serio, pero tampoco demasiado en broma. ¿Pretende aferrarse a la estructura del policial, un whodunit detectivesco más o menos clásico? ¿O quiere ser una parodia del género? En el dificultoso camino que queda entre las dos preguntas se mueve la película: hay códigos genéricos y también algo burlón, todo junto y al mismo tiempo, en un mejunje mucho más consciente (y consistente) de lo que puede suponerse.

Ahí está el Chino Darín como una especie de femme fatale. Mónica Antonopulos (una actriz que el cine debería aprovechar mucho más), que podría ser la seductora, traicionera y letal villana, parece más bien una cop buddy. Y protagoniza el detective, obviamente duro y no muy apegado a la legalidad, interpretado por un actor mexicano (Demián Bichir) que apenas puede lidiar con el castellano rioplatense. Todo esto, que de casual no tiene nada, tendría que alcanzar como motivación para intentar pensar la película desde otro lugar, algo que la mayor parte de la crítica no hizo. Es muy sencillo y hasta perezoso caerle a Muerte en Buenos Aires por sus supuestas deficiencias. Los buscadores de inverosimilitudes encontrarán una en cada plano. Pero, vamos, ¿en serio creen que la escena de los caballos corriendo por Diagonal Sur -una de las cosas más desquiciadamente hermosas del cine nacional reciente- es pretenciosa?

También está la Buenos Aires de fines de los ochenta, aunque no hay una intento por lograr una representación fiel de la época. Luces de neón por todos lados, el detective en una cupé Fuego roja, la omnipresencia de sintetizadores y una serie de secundarios identificados con esos años (Emilio Disi, Gino Renni, Luisa Kuliok) dejan claro que la década está siendo invariablemente vista desde el presente. Es muy difícil hacer cine de época en Buenos Aires, porque la ciudad -despreocupada por su pasado- cambió demasiado en los últimos años. Siempre está el riesgo de que una moderna torre vidriada o un acondicionador tipo split colgando de algún frente se cuelen en el plano, y los remiendos digitales son caros y no siempre convincentes. La debutante Natalia Meta transformó esa dificultad en una virtud: Buenos Aires se muestra desde ángulos raros, a veces insólitos, que más que ocultar el paso del tiempo aportan al clima enrarecido de la película (y hasta ofrecen alguna pista narrativa). Nada es lo que parece en Muerte en Buenos Aires.

Benjamín Vicuña y Germán Palacios en 'Baires'

Baires [1], estrenada el año pasado, comparte algunas cuestiones con Muerte en Buenos Aires. Es otro policial ambientado en la ciudad, está de fondo el tema del tráfico de drogas e incluso hay un protagonista extranjero, el chileno Benjamín Vicuña. Mirada con ganas Sabrina Garciarena podría ser una femme fatale, y el subcomisario de Germán Palacios es otro tipo duro, no muy atento a las garantías civiles aunque generoso.

Pero acá, en cambio, todo es lo que aparenta, y no puede esperarse otra cosa que lo que finalmente ocurre. No porque la película vaya sembrando sutiles indicios que sólo un espectador atento podría advertir, sino por su ausencia absoluta: es todo tan lineal que sólo queda esperar el giro brusco sobre el final. Los clichés son eso, clichés, y no aparece nada -ni distancia, ni ironía, muchos menos humor- que pueda sugerir algo diferente. Hay una estilización en el recurrente uso de la cámara lenta que pretende disimular la falta de ideas (por ejemplo, para filmar un tiroteo), y Buenos Aires se muestra con una serie de tomas aéreas que por piedad podrían calificarse de turísticas. Qué mal le están haciendo los drones al cine. ■

[1] El uso del apócope Baires ya predispone mal: luego de haber visto el monumental Los Angeles Plays Itself (2003), uno de los mejores documentales cinéfilos de la historia, toda mención abreviada del nombre de una ciudad pasó a ser sospechosa.

     

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